Enrique Winter

Inmenso, gris y mudo

©Ezequiel Zaidenwerg

Enrique Winter

imitándolo se descubre el mundo

uno solo traiciona lo que ama

Quizás sea, reitero, muy temprano para decir que tal poeta joven es de relevancia mayor para su generación, pero Enrique Winter, con estos seis libros compilados, se ha vuelto una presencia fija de la literatura latinoamericana. Ocupa el espacio de un explorador sin lámpara, alguien que estudia el lenguaje desmenuzándolo, haciéndolo más suyo, con cada exploración, mientras asume con mayor radicalidad las influencias que una vez fueron obvias (e incluso estorbosas). Quizás, en su apuesta por encontrarle sentido a un yo de la poesía atravesado por la dispersión y la disociación, el chileno ha logrado lo que tanto tememos que consiga la inteligencia artificial general: un sistema de lenguaje cerrado, que refiere más a sí mismo y a sus propias reglas que a la información disponible, y reinventa, con ello, el mundo a su imagen y semejanza. Tamaño logro.

Cruz Flores


Las patas de los pájaros

Calientes como el universo antes de armar galaxias

y comprimidos como ese universo, un saco de dormir en la mochila

a punto de estallar

como quien pinta el altiplano mirando el sol de frente

o quien decide mientras corre buscar su muerte en otro sitio,

jugamos a engañarnos,

alzando el velo de las novias como neblina que al volcán levanta;

la bufanda es el yugo que ha tejido la sobra de cariño y de minutos,

el vapor que madruga en las colinas.

Y recorremos los destrozos, así pisando lava

donde la noche es nuestra lengua y es nuestros dedos,

todo lo que se escapa de nosotros:

el sudor y las lágrimas, el semen

en las piernas delgadas y sin garbo

de flamencos rosados en la altura, picoteando los restos,

doblando el cuello hacia nuestra espalda,

rascándonos la tarde con las uñas de pájaras tan plumas

como lagos congelados

apareciendo allí donde aleteábamos las aguas.

Escultura

Esto

         como una reproducción a escala

del hielo

               que remite al dibujo oficial de un copo de nieve.

La simetría de unas líneas que no están en la nieve:

que sean clavos grandes. Que entre ellos haya plumas blancas.

                           Que al hacerse más grandes

den cuenta de lo que significa hacerse grande: fragilidad.

Lo que hace a las líneas entrecruzadas decir nieve.

Cuántas líneas sobre un papel se necesitan para verla,

alguien se pregunta al mirar que nieva tras la ventana.

Luego pasa la vista sobre el dibujo en dirección al que hizo antes

de un animal.

¿Qué ve la niña de un año en el trazo,

que dice miau cuando lo apunta?

                                                      ¿Cuándo comienza

                                                      a ser un gato ese dibujo?

Deja las dos dimensiones del dibujo y vuelve a las tres

                     dimensiones                                               de la tarde,

de la reproducción a escala del hielo.

                              Una escultura.

                              Una escultura hacía perpetuo lo fugaz.

Pero si a una escultura le crece algo en la mejilla

            pasto por ejemplo, hace fugaz lo perpetuo del hierro.

Hacer fugaz lo perpetuo, un bien de consumo

que antes duraba para siempre:

            radio, mesa, casa. El sobreconsumo afecta la escultura.

Lo perpetuo

                     y su defensa

contra el consumo y sus dueños.

                    La perpetuidad es revolucionaria.

La perpetuidad es frágil.

Como el hielo

                       cuando es representado en la escultura.

Palillos de tejer las escaleras

en el chaleco roto de los cerros

y la tarde color cuchillo

corta en dos la ventana enciende

la radio y cuela unos merengues

en la laguna de su boca

no adorna la virtud

                               la desafía

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ENRIQUE WINTER (Santiago de Chile, 1982) es autor de veintiocho libros de poesía publicados en trece países y cuatro idiomas, además del álbum musical Agua en polvo, las novelas Las bolsas de basura y Sobre nosotros callaremos, el ensayo Una poética por otros medios y las traducciones de Emily Dickinson, G. K. Chesterton, Lorine Niedecker, Philip Larkin, Susan Howe, Charles Bernstein y Aria Aber. Ha recibido los premios Víctor Jara, Nacional de Poesía y Cuento Joven, Pablo de Rokha, Goodmorning Menagerie (EE.UU.) y Anna Seghers (Alemania), por el conjunto de su obra.

[Procedencia de los poemas: «Inmenso, gris y mudo...», Atar las naves, 2003; «Las patas de los pájaros», Rascacielos, 2008; «Escultura», Guía de despacho, 2010; «[Palillos de tejer las escaleras]», Lengua de señas, 2015, y «[alguien prendió la luz del departamento…]», Variaciones de un día, 2022.]

alguien   prendió     la luz del departamento pero

quienes    allí vivimos             estamos acostados

las        llaves          giran         desde         afuera

una sombra sin cuerpo          ni pareja     de baile

parece que la luz tampoco                            tiene

sombra pero            gigantes    manos cortan       

en el muro las uñas de mi hijo                             

las tijeras                     orejas del conejo

la   domesticación                        de   lo   salvaje

las impalpables             botas         que nos pisan

a los veintidós años recorrí a dedo latinoamérica

confieso       varias cosas       a la vez                  

los muertos resucitan                 por

ejemplo y pasa        todo al           mismo tiempo

esta carne de burro       no es transparente nótese

lo mismo pero sin el ego herido

nadamos bajo el agua y ni los lentes                   

revelan más que nuestros propios brazos

imitándolo se descubre el mundo                        

uno solo traiciona lo que ama