Enrique Winter
Inmenso, gris y mudo
©Ezequiel Zaidenwerg
Enrique Winter
prólogo xxxxxxx, gris y mudo se levanta el camino pedregoso de este desierto de muerte. Poseedor de ventisqueros que parten rostros, se protege solo, grande. Nada y cielo, y un frío perfecto con sol que acompaña los montes interminables sucediéndose sierras, cordilleras y depresiones de lamentos pasados y trechos vírgenes de voces guías y rojos visos de arena en un vacío hermoso y ciego. Es silencio este blanco mineral inexplicable y no
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Estaba allí, con la hendida barba recibiendo una brisa despiadada.
Tendido sobre su capa azul, como un cielo chiquito, arrebatado, recién florecido y ya muerto.
Estaba allí, con las piernas tontamente extendidas,
con los ojos abiertos haciendo nubes de vacío,
con las manos apretadas sin fuerza a los flacos costados.
Estaba allí, tan muerto, tan solemne, tan expuesto,
mostrando las heridas rojas que le habían florecido y le sorbieron duras las entrañas.
Era un manojo de nenúfares cárdenos,
era un viento de pupilas atónitas.
Estaba allí y no estaba, era un agua hecha nieve,
una rosa hecha mármol, un hombre hecho cadáver.
Estaba muy serio, casi aburrido de su propia seriedad,
y no podía dejar de mirar ese cielo sin luna que le cubría,
esas nubes sin luz que le ignoraban.
Estaba allí, como una extraña planta que miran incrédulos los perros,
como un lirio tronchado, con su hermoso atavío de soldado,
con su barba partida silenciosa,
con sus ojos abiertos, clausurados.
Era un hombre que amaba y que soñaba,
era un hombre de hermosa sangre roja,
y le buscaron la fuente con ahínco,
y la hicieron caer sobre la tierra fría, áspera, inhóspita, insensible.
Estaba allí, como un oscuro árbol de ramas ingenuas;
estaba silencioso, tendido, con el no mirar trascendente de los muertos:
porque era un muerto, no más un hombre.
Estaba muerto como una pulga muerta;
muerto, como un verdoso galápago sin vida;
muerto, como una blanca gacela que encontró de repente su corazón abierto;
muerto, como aquel aguilucho que se cayó del nido y fue a parar a manos de los hombres.
Estaba muerto como un hombre muerto,
como una rosa muerta, como una estrella sin más fuego al que adorar.
Era un hombre cuando la luz brillaba
sobre el camino de sombras ondulantes,
cuando los tímidos árboles callaban,
cuando las moras llevaban el cántaro de agua a la cintura,
cuando jugaban los hombres a negocios, a rencor y miseria;
y ya no es más un hombre, porque su pecho dejó de jugar a los fuelles
y su sangre olvidó el camino trazado del corazón
y bajó por la oscura piel a oscurecer el suelo.
No había sol ni luna, no hubo estrellas,
los verdes eucaliptos, asombrados, dejaron de soñar,
las nubes no escucharon el rumor de unos tiros;
pero sus ojos miraron otros tristes paisajes,
sus piernas olvidaron la razón de ser fuertes,
el corazón se encontró de repente sin sangre.
Un hombre junto a otro: una línea de sangre, un cuerpo sin sollozo,
y no hay ya más hombre, que es carne cianosada,
que ha perdido su antigua conciencia de ser hombre
para adquirir la tarjeta de identidad de los cadáveres.
Sobre la tierra su cuerpo sin frío,
y después bajo la tierra parda;
el hombre no deja de cavar, pero la tierra es grande.
Aún queda mucho sitio y los hombres son pocos...
Sidi Ifni, 1957
Salmo de la espera
Era un grano de mies esparcido
en la nada del Amor: un breve espacio
de pureza y de odio... ¿Por qué bajo la espera
un simple guijarro es luz y una catedral, polvo?
¿Por qué esperar, además? Y ese sembrado,
¿qué hace ahí bajo el sol, acobardado,
si tiene en su silencio la fuerza de mil soles,
la paz de todos los amaneceres,
la alegría de todos los estíos?
Esperamos, pues, a la sombra siempre del mokungu*,
altar eterno sin plegarias, sin sándalo, sin platas,
el altar que merecen mi espera y tu hermosura.
Él crecerá también inclinado a la noche,
y sabrá leer en cada estrella tu nombre y tu misterio,
y un día como ahora, bajo el mismo altar tuyo,
esperará crecer la mies de su cosecha.
Bomongo, 17.6.1960
*Piptadeniastrum africanum, árbol gigante que sirve como punto de referencia y de asamblea.
Yo esperaba tu cuerpo recortando cartones de colores,
bajando por las noches a la orilla del río
para verlos flotar, y temblar y perderse.
Otras veces, cuando el sol descubría
el inocente sueño del polvo en la ventana,
dibujaba figuras, que buscaban en vano
un volumen, un cuerpo, y perdían contorno
transformándose en mancha.
Yo sabía que, entonces, los castaños pelados
se aprietan temblorosos y soportan las lluvias.
Y el campo, romo y pardo, no vislumbra rumores,
sino el silbo del viento y el graznido del cuervo.
Apunte a lomos de un camello
Viajeros de la nada, el tiempo fluye
como el agua que, insólita, el desierto
nos ofrece, burlón, fingido muerto
que el hombre no conquista ni destruye.
Viajeros del destino, que construye
vivencias sin mañana en este yerto
arenal desolado que en incierto
futuro se apelmaza y se diluye.
Vinimos hasta aquí tras un espejo
de aventuras, historia y exotismo,
para olvidar un punto nuestras vidas;
y al cabo todo queda en un reflejo
de la arena infinita, un espejismo
que deja intacto el sueño y las heridas.
Túnez, 16.4.2000
Ya eres sólo silencio; nada queda
de tu inquieta mirada, tu sonrisa
se ha extinguido llevada de la brisa
como el trino se pierde en la arboleda.
Fue tu vida fugaz; la blanda greda
de la tierra materna e imprecisa,
tu cuerpo recibió, yerto, sin risa,
pétalo silencioso de reseda.
Sólo quedan recuerdos temblorosos,
imágenes que vienen de un pasado
cada vez más distante; y tu dorado
esplendor, niña, en grises ya borrosos
se torna, y en ceniza desolada,
que luego será sombra; después, nada.
8.2002 - 9.2003
Soñando la muerte
Yo no te he de soñar, desde el principio
estás dentro de mí, como una espada
de puño acogedor y hoja afilada
a la que al tiempo temo y acaricio.
Eres deleite, sí, y eres suplicio;
imán que me estremece y anonada,
y esperanza también de aquella nada
que nos aguarda al pie del precipicio.
Vivir sí es un soñar, no arriesgas nada,
lo que fue luz ayer, sombra es ahora,
y el tiempo borra todo, trazo a trazo.
Por eso a ti me aferro como a un hada
que dulce y compasiva me devora
en un delicuescente último abrazo.
Barcelona, 1.1.2003
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FELIPE R. AYUSO (Madrid, 1932), médico y traductor, ha publicado el libro de poesía Noche imaginaria (Altrocanto, 2026). Estudió medicina en Madrid, la especialidad de Medicina Tropical en Amberes (Bélgica) y Anatomía Patológica en Colonia (Alemania). Ha ejercido su labor profesional durante más de quince años en la República Democrática del Congo, antes de regresar a España. Ha traducido numerosas obras médicas del inglés, alemán y francés, además de trabajar durante un tiempo como traductor para la OMS en Ginebra (Suiza).
Publicado el 1/09/2026
ENRIQUE WINTER (Santiago de Chile, 1982) es autor de veintiocho libros de poesía publicados en trece países y cuatro idiomas, además del álbum musical Agua en polvo, las novelas Las bolsas de basura y Sobre nosotros callaremos, el ensayo Una poética por otros medios y las traducciones de Emily Dickinson, G. K. Chesterton, Lorine Niedecker, Philip Larkin, Susan Howe, Charles Bernstein y Aria Aber. Ha recibido los premios Víctor Jara, Nacional de Poesía y Cuento Joven, Pablo de Rokha, Goodmorning Menagerie (EE.UU.) y Anna Seghers (Alemania), por el conjunto de su obra.