Felipe R. Ayuso

Noche imaginaria

Felipe R. Ayuso

Felipe R. Ayuso (Madrid, 1932) estudió medicina en Madrid, la especialidad de Medicina Tropical en Amberes (Bélgica) y Anatomía Patológica en Colonia (Alemania).  Ha ejercido su labor profesional durante más de quince años en la República Democrática del Congo, antes de regresar a España. Ha traducido numerosas obras médicas del inglés, alemán y francés, además de trabajar durante un tiempo como traductor para la OMS en Ginebra (Suiza).

El tiempo que le ha dejado su profesión lo ha dedicado principalmente a los idiomas –francés, inglés, alemán, lingala, latín, etcétera–, la historia, la música clásica, el cine y la literatura.

Publicamos una selección de poemas de su libro Noche imaginaria (Altrocanto, 2026), que recoge poemas escritos entre los años 1957 y 2003.

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Estaba allí, con la hendida barba recibiendo una brisa despiadada.

Tendido sobre su capa azul, como un cielo chiquito, arrebatado, recién florecido y ya muerto.

Estaba allí, con las piernas tontamente extendidas,

con los ojos abiertos haciendo nubes de vacío,

con las manos apretadas sin fuerza a los flacos costados.

Estaba allí, tan muerto, tan solemne, tan expuesto,

mostrando las heridas rojas que le habían florecido y le sorbieron duras las entrañas.

Era un manojo de nenúfares cárdenos,

era un viento de pupilas atónitas.

Estaba allí y no estaba, era un agua hecha nieve,

una rosa hecha mármol, un hombre hecho cadáver.

Estaba muy serio, casi aburrido de su propia seriedad,

y no podía dejar de mirar ese cielo sin luna que le cubría,

esas nubes sin luz que le ignoraban.

Estaba allí, como una extraña planta que miran incrédulos los perros,

como un lirio tronchado, con su hermoso atavío de soldado,

con su barba partida silenciosa,

con sus ojos abiertos, clausurados.

Era un hombre que amaba y que soñaba,

era un hombre de hermosa sangre roja,

y le buscaron la fuente con ahínco,

y la hicieron caer sobre la tierra fría, áspera, inhóspita, insensible.

Estaba allí, como un oscuro árbol de ramas ingenuas;

estaba silencioso, tendido, con el no mirar trascendente de los muertos:

porque era un muerto, no más un hombre.

Estaba muerto como una pulga muerta;

muerto, como un verdoso galápago sin vida;

muerto, como una blanca gacela que encontró de repente su corazón abierto;

muerto, como aquel aguilucho que se cayó del nido y fue a parar a manos de los hombres.

Estaba muerto como un hombre muerto,

como una rosa muerta, como una estrella sin más fuego al que adorar.

Era un hombre cuando la luz brillaba

sobre el camino de sombras ondulantes,

cuando los tímidos árboles callaban,

cuando las moras llevaban el cántaro de agua a la cintura,

cuando jugaban los hombres a negocios, a rencor y miseria;

y ya no es más un hombre, porque su pecho dejó de jugar a los fuelles

y su sangre olvidó el camino trazado del corazón

y bajó por la oscura piel a oscurecer el suelo.

No había sol ni luna, no hubo estrellas,

los verdes eucaliptos, asombrados, dejaron de soñar,

las nubes no escucharon el rumor de unos tiros;

pero sus ojos miraron otros tristes paisajes,

sus piernas olvidaron la razón de ser fuertes,

el corazón se encontró de repente sin sangre.

Un hombre junto a otro: una línea de sangre, un cuerpo sin sollozo,

y no hay ya más hombre, que es carne cianosada,

que ha perdido su antigua conciencia de ser hombre

para adquirir la tarjeta de identidad de los cadáveres.

Sobre la tierra su cuerpo sin frío,

y después bajo la tierra parda;

el hombre no deja de cavar, pero la tierra es grande.

Aún queda mucho sitio y los hombres son pocos...

Sidi Ifni, 1957

Salmo de la espera

Era un grano de mies esparcido

en la nada del Amor: un breve espacio

de pureza y de odio... ¿Por qué bajo la espera

un simple guijarro es luz y una catedral, polvo?

¿Por qué esperar, además? Y ese sembrado,

¿qué hace ahí bajo el sol, acobardado,

si tiene en su silencio la fuerza de mil soles,

la paz de todos los amaneceres,

la alegría de todos los estíos?

Esperamos, pues, a la sombra siempre del mokungu*,

altar eterno sin plegarias, sin sándalo, sin platas,

el altar que merecen mi espera y tu hermosura.

Él crecerá también inclinado a la noche,

y sabrá leer en cada estrella tu nombre y tu misterio,

y un día como ahora, bajo el mismo altar tuyo,

esperará crecer la mies de su cosecha.

Bomongo, 17.6.1960

*Piptadeniastrum africanum, árbol gigante que servía como punto de referencia y de asamblea.

Yo esperaba tu cuerpo recortando cartones de colores,

bajando por las noches a la orilla del río

para verlos flotar, y temblar y perderse.

Otras veces, cuando el sol descubría

el inocente sueño del polvo en la ventana,

dibujaba figuras, que buscaban en vano

un volumen, un cuerpo, y perdían contorno

transformándose en mancha.

Yo sabía que, entonces, los castaños pelados

se aprietan temblorosos y soportan las lluvias.

Y el campo, romo y pardo, no vislumbra rumores,

sino el silbo del viento y el graznido del cuervo.

Apunte a lomos de un camello

Viajeros de la nada, el tiempo fluye

como el agua que, insólita, el desierto

nos ofrece, burlón, fingido muerto

que el hombre no conquista ni destruye.

Viajeros del destino, que construye

vivencias sin mañana en este yerto

arenal desolado que en incierto

futuro se apelmaza y se diluye.

Vinimos hasta aquí tras un espejo

de aventuras, historia y exotismo,

para olvidar un punto nuestras vidas;

y al cabo todo queda en un reflejo

de la arena infinita, un espejismo

que deja intacto el sueño y las heridas.

Túnez, 16.4.2000

Ya eres sólo silencio; nada queda

de tu inquieta mirada, tu sonrisa

se ha extinguido llevada de la brisa

como el trino se pierde en la arboleda.

Fue tu vida fugaz; la blanda greda

de la tierra materna e imprecisa,

tu cuerpo recibió, yerto, sin risa,

pétalo silencioso de reseda.

Sólo quedan recuerdos temblorosos,

imágenes que vienen de un pasado

cada vez más distante; y tu dorado

esplendor, niña, en grises ya borrosos

se torna, y en ceniza desolada,

que luego será sombra; después, nada.

8.2002 - 9.2003

Soñando la muerte

Yo no te he de soñar, desde el principio

estás dentro de mí, como una espada

de puño acogedor y hoja afilada

a la que al tiempo temo y acaricio.

Eres deleite, sí, y eres suplicio;

imán que me estremece y anonada,

y esperanza también de aquella nada

que nos aguarda al pie del precipicio.

Vivir sí es un soñar, no arriesgas nada,

lo que fue luz ayer, sombra es ahora,

y el tiempo borra todo, trazo a trazo.

Por eso a ti me aferro como a un hada

que dulce y compasiva me devora

en un delicuescente último abrazo.

Barcelona, 1.1.2003