Carlos Jiménez Arribas

LaColumna

Carlos Jiménez Arribas

Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966), ha publicado los libros de poesía Manual de supervivencia (2002), Darwin en las Galápados (2008) y Lisergia (2023). Es igualmente autor de los libros de narrativa Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia (2007) y Cuatro cuentos italianos (2013) y, de ensayo, El poema en prosa en los años setenta en España (2005). Publicará próximamente su traducción de El profeta, de Kahlil Gibran (Alianza).

_____________________________________________________

Atardecer sobre Balbarda desde la Fuente de los Piojos

Hace años traduje un poema de Navarre Scott Momaday, un escritor Kiowa muerto en 2024. El poema pertenece a una serie titulada «Colors», y me llamó la atención la capacidad de infundirle vida y poesía a la naturaleza inerte en una puesta de sol:

7. Púrpura

Hubo una vez un hombre que mató un búfalo sin ningún propósito, sólo quería la sangre entre las manos. Era una animal grande, viejo y noble, y estuvo mucho tiempo agonizando. En el borde de la noche la gente se juntó con su dolor y su vergüenza. Lejos, al oeste, se veía la joroba y el lomo del animal enorme agonizando en el límite del mundo. Se veía la sangre roja y resplandeciente correr por el cielo, secarse, oscura, y, por fin, entreverarse con copos de luz.

Cuando miro el ocaso me acuerdo de esas vetas rojas entreveradas por la blancura de la luz. Como si toda la sangre derramada tiñera el horizonte. Parece una metáfora precisa del saqueo que la llamada civilización ha hecho de los espacios naturales. Los indios norteamericanos también mataban búfalos para comer, pero no lo hacían de forma gratuita como denuncia el poema. Aunque no es una denuncia exclusiva de los pueblos nómadas, porque, leyendo Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, damos con un poema que anticipa el de Scott Momaday, la misma denuncia del sacrificio gratuito, idéntico entreverado de lo biológico y lo mineral, fundido en lo cósmico. No tienen por qué ser influencias, solo ecos y resonancias de la psique en distintas épocas y geografías. Así empieza el poema de Lorca:

Vaca

Se tendió la vaca herida.

Árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.

Su hocico sangraba en el cielo.

Deslumbrado por la gran Metrópolis, sus perfiles de acero y cristal, las injusticias sufridas por las minorías, la subcultura del jazz, la sensibilidad de Lorca también halla espacio para denunciar el sacrificio de miles de animales con los que alimentar a la hambrienta muchedumbre. Así se subtitula, de hecho, otro poema, «Nueva York. Oficina y denuncia», en el que el poeta renuncia al oficio contemplativo y canta a los seres todavía por debajo de los afroamericanos en la jerarquía, seres sin ni siquiera voz, los animales: «Pero yo no he venido a ver el cielo. / Yo he venido para ver la turbia sangre», escribe. Y, a continuación, una ristra de versos que sorprenden por su espíritu animalista en un amante de la fiesta de los toros:

Todos los días se matan en New York

cuatro millones de patos,

cinco millones de cerdos,

dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,

un millón de vacas,

un millón de corderos

y dos millones de gallos,

que dejan los cielos hechos añicos.

¿Aprendió Scott Momaday en Lorca a teñir el cosmos con la sangre del animal agonizante, o es un traslado del ámbito natural al simbólico, aprendido por la especie en su alba carnicera?

En la lista de fotografías que Lorca dejó para incluir en la edición de Poeta en Nueva York, hay un título que sobrecoge, el número 13: «Matadero». Tuve otro blog hace tiempo, y creo que una de las primeras entradas iba sobre el matadero convertido en centro cultural junto al río Manzanares en Madrid, la llamada sala de columnas, donde colgaban las reses en canal después de sacrificarlas. Creo que hablaba también allí de la mezquita de Córdoba, de los arcos de ladrillo rojo veteados de blanco, como la carne codiciada por nuestra especie desde el inicio de los tiempos. Más traslaciones de lo mineral a lo biológico, más carne enladrillada. Cuando estuve en Nueva York siguiendo la pista a las construcciones de ladrillo, me llevaron al Meat Packing District, antigua sede de los mataderos, lleno de edificios de color rojo sangre, donde no costaba imaginarse cómo reverberarían las paredes con los mugidos de las reses sacrificadas. El Meat Packing District lo han gentrificado ahora, y se puede visitar a pie por el High Line, un parque elevado sobre las calles, lleno de árboles y plantas, espacios de solaz y recogimiento para los neoyorquinos. Me viene a la cabeza la mirada de denuncia cuando veo un ocaso entreverado de rojo y blanco. Leo a los poetas que le ponen nombre a eso. Leo en las últimas páginas del magnífico libro de Marta del Pozo, Nigredo, la idea de la dignidad humana entreverada, como la carne, de la necesaria condición que arrastramos desde el Cámbrico, la necesidad de la devoración, cuando un primitivo ser pluricelular se especializó en devorar a otro para nutrirse y alcanzar la deletérea complejidad que hoy en día somos sobre la tierra:

Mi dignidad está desnuda

como el querubín

o como el indio con su traje

de orquídea pleistocena […].

Es cámbrica y oscura como la oruga

en la lengua de un anfibio.

5 de septiembre del 2026

Carlos Jiménez Arribas

LaColumna

Carlos Jiménez Arribas

Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966), ha publicado los libros de poesía Manual de supervivencia (2002), Darwin en las Galápados (2008) y Lisergia (2023). Es igualmente autor de los libros de narrativa Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia (2007) y Cuatro cuentos italianos (2013) y, de ensayo, El poema en prosa en los años setenta en España (2005). Publicará próximamente su traducción de El profeta, de Kahlil Gibran (Alianza).

_____________________________________________________

Atardecer sobre Balbarda desde la Fuente de los Piojos

Hace años traduje un poema de Navarre Scott Momaday, un escritor Kiowa muerto en 2024. El poema pertenece a una serie titulada «Colors», y me llamó la atención la capacidad de infundirle vida y poesía a la naturaleza inerte en una puesta de sol:

7. Púrpura

Hubo una vez un hombre que mató un búfalo sin ningún propósito, sólo quería la sangre entre las manos. Era una animal grande, viejo y noble, y estuvo mucho tiempo agonizando. En el borde de la noche la gente se juntó con su dolor y su vergüenza. Lejos, al oeste, se veía la joroba y el lomo del animal enorme agonizando en el límite del mundo. Se veía la sangre roja y resplandeciente correr por el cielo, secarse, oscura, y, por fin, entreverarse con copos de luz.

Cuando miro el ocaso me acuerdo de esas vetas rojas entreveradas por la blancura de la luz. Como si toda la sangre derramada tiñera el horizonte. Parece una metáfora precisa del saqueo que la llamada civilización ha hecho de los espacios naturales. Los indios norteamericanos también mataban búfalos para comer, pero no lo hacían de forma gratuita como denuncia el poema. Aunque no es una denuncia exclusiva de los pueblos nómadas, porque, leyendo Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, damos con un poema que anticipa el de Scott Momaday, la misma denuncia del sacrificio gratuito, idéntico entreverado de lo biológico y lo mineral, fundido en lo cósmico. No tienen por qué ser influencias, solo ecos y resonancias de la psique en distintas épocas y geografías. Así empieza el poema de Lorca:

Vaca

Se tendió la vaca herida.

Árboles y arroyos trepaban por sus cuernos.

Su hocico sangraba en el cielo.

Deslumbrado por la gran Metrópolis, sus perfiles de acero y cristal, las injusticias sufridas por las minorías, la subcultura del jazz, la sensibilidad de Lorca también halla espacio para denunciar el sacrificio de miles de animales con los que alimentar a la hambrienta muchedumbre. Así se subtitula, de hecho, otro poema, «Nueva York. Oficina y denuncia», en el que el poeta renuncia al oficio contemplativo y canta a los seres todavía por debajo de los afroamericanos en la jerarquía, seres sin ni siquiera voz, los animales: «Pero yo no he venido a ver el cielo. / Yo he venido para ver la turbia sangre», escribe. Y, a continuación, una ristra de versos que sorprenden por su espíritu animalista en un amante de la fiesta de los toros:

Todos los días se matan en New York

cuatro millones de patos,

cinco millones de cerdos,

dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,

un millón de vacas,

un millón de corderos

y dos millones de gallos,

que dejan los cielos hechos añicos.

¿Aprendió Scott Momaday en Lorca a teñir el cosmos con la sangre del animal agonizante, o es un traslado del ámbito natural al simbólico, aprendido por la especie en su alba carnicera?

En la lista de fotografías que Lorca dejó para incluir en la edición de Poeta en Nueva York, hay un título que sobrecoge, el número 13: «Matadero». Tuve otro blog hace tiempo, y creo que una de las primeras entradas iba sobre el matadero convertido en centro cultural junto al río Manzanares en Madrid, la llamada sala de columnas, donde colgaban las reses en canal después de sacrificarlas. Creo que hablaba también allí de la mezquita de Córdoba, de los arcos de ladrillo rojo veteados de blanco, como la carne codiciada por nuestra especie desde el inicio de los tiempos. Más traslaciones de lo mineral a lo biológico, más carne enladrillada. Cuando estuve en Nueva York siguiendo la pista a las construcciones de ladrillo, me llevaron al Meat Packing District, antigua sede de los mataderos, lleno de edificios de color rojo sangre, donde no costaba imaginarse cómo reverberarían las paredes con los mugidos de las reses sacrificadas. El Meat Packing District lo han gentrificado ahora, y se puede visitar a pie por el High Line, un parque elevado sobre las calles, lleno de árboles y plantas, espacios de solaz y recogimiento para los neoyorquinos. Me viene a la cabeza la mirada de denuncia cuando veo un ocaso entreverado de rojo y blanco. Leo a los poetas que le ponen nombre a eso. Leo en las últimas páginas del magnífico libro de Marta del Pozo, Nigredo, la idea de la dignidad humana entreverada, como la carne, de la necesaria condición que arrastramos desde el Cámbrico, la necesidad de la devoración, cuando un primitivo ser pluricelular se especializó en devorar a otro para nutrirse y alcanzar la deletérea complejidad que hoy en día somos sobre la tierra:

Mi dignidad está desnuda

como el querubín

o como el indio con su traje

de orquídea pleistocena […].

Es cámbrica y oscura como la oruga

en la lengua de un anfibio.

5 de septiembre del 2026