LaColumna
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Carlos Jiménez Arribas
Contra la sentimentalidad
Me sobra en el cine, en la narrativa, en el ensayo, en la voz empalagosa de muchos locutores que aprenden a hablar, con perdón, con el esfínter, de lo hondo y sentido de sus voces, sobre todo cuando acompañan alguna noticia que requiere, les parece, ¿nos parece?, de especial sentimiento. Y en la poesía, ¿no me pasa? También, no en vano mi primer libro de poemas se publicó, creo, porque estaba dedicado a la muerte de mi madre, eso ablandó el corazón de un editor que había pasado por la misma experiencia. A muchos de mis allegados, la gente que me lee, es el único libro mío que les gusta. Sí, yo también he mendigado atención con la escudilla del sentimiento. Hasta Carlos Boyero, el crítico de cine, empieza su reseña de El ser querido alabando la distancia que es capaz de imponerle a sus creaciones el director, Rodrigo Sorogoyen, pero la acaba echando de menos más emoción. ¿Más sentimentalidad? ¿El tipo de trazo grueso que emplea Carla Simón en el bodrio Alcarrás después de una película de distancia perfecta como Estiu 93? La sentimentalidad nos corroe el alma y la dicción y, personalmente, creo que afecta a mis opciones de publicación porque no sentimentalizo, gran verbo que el corrector me marca como ajeno pero la sociedad actual no, y en cuestiones estéticas todo ha quedado reducido a eso. Libros buenos como El infinito en un junco y Ordesa, o el mismo Con H de halcón, han alcanzado la intocable altura de libros-síntoma gracias a la sabia dosis de sentimentalidad, el escupitajo en el bocadillo de queso, el alcoholismo del autor, la friqui de la autora que se escondía de niña entre los setos para mirar el mundo en torno. Pobres, los marginaban porque leían, y eso ahora les abre las puertas de la comprensión lectora en un país en el que solo leen, con perdón, las profesoras de instituto. ¿Qué es esto, la venganza del gafotas? Hasta un creador espabilado y mediocre como García Montero se permitió armar toda una poética de la nueva sentimentalidad cuando era la misma, la de siempre, la que marca la distancia entre el genial Quijote y la infumable Gitanilla, hablando de Cervantes, mal poeta, genial creador. En esto llegan las redes sociales con su poética de la casquería, la burda identificación, el dentro confundido con el afuera, lo público con lo privado, y remachan otro clavo en la tapa del ataúd de la poesía. ¿Lloras o sangras? Te lo compro. Las buenas intenciones se convierten en la poética dominante. En un curso de teatro aplicado a la clase de inglés, ante poemas de Yeats, Eliot, William Carlos Williams, grandes maestros del modernismo y su poética de la debida distancia, los alumnos, gente culta y sensible, decidieron que el mejor poema era de una autora que describía, directo al corazón, la muerte de niños palestinos en la invasión israelí. Lo mejor, lo más sentimental. Y yo me callé. Como una puta.
1 de octubre del 2026
Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966), ha publicado libros de poesía, teoría literaria, narrativa de viajes y relato. Su última traducción es La psique en la Antigüedad, de Edward F. Edinger.